Escribir y viajar
Para mi viajar
es escribir. Por lo tanto vivir en otro país es cómo estar en una vertiente de
palabras y metáforas que me motivan a cuestionarme el entorno donde me encuentro.
Algunas veces estas interrogantes ofrecen
respuestas y otras veces dejan una gran incógnita que resolver.
Escribir
también es viajar. Es trasladarme a diferentes lugares e historias. Es ponerme
en los zapatos de otros para saber más de sus experiencias y emociones.
Me puse en
los zapatos de Flor e imaginé que ella aceptaba ser inmigrante desde el inicio
de su historia en los Estados Unidos. A mi personalmente me tomó tiempo en identificarme
cómo una inmigrante porque para mi el inmigrante era la persona que al trasladarse
a otro lugar en busca de mejores oportunidades, se veía obligado a vivir en la
marginalidad. Personalmente, yo no recuerdo haber convivido con inmigrantes en
el barrio de Miraflores donde crecí y si lo habían eran tan invisibles cómo
muchas veces me sentí en mis primeros trabajos en la Florida. Recuerdo que alguien
me dijo que las personas que emigran pasaban a ser invisibles. En esa época, yo
pensé que eran invisibles a los ojos de la gente que dejaban atrás pero después
me di cuenta que muchas veces lo son a su nuevo entorno.
Y así le ocurre
a Flor. Me puse en los zapatos de Flor muchas veces desde la clandestinidad de
la noche relatando su historia en un intento de liberarla de ese anonimato.
Pero cómo
la escritura esta llena de paradojas e ironías, en lugar de liberar a Flor y a
los otros personajes de la historia, la que quedó atrapada en las vivencias y emociones
que se desenvolvían mientras esta historia se escribía fui yo. Escribir esta
historia fue dejarme envolver en esa vertiente de palabras y sentirme menos
sola en mi invisibilidad y tan inmigrante cómo cualquier otra persona.
Actualmente
me siento menos invisible y más libre en mi entorno aunque a veces busco
voluntariamente esa trasparencia de ser una simple una observadora del mundo que me
rodea.
Así cómo
Flor en la historia, muchas veces vuelvo a ser esa espectadora transparente que
observa un panorama ficticio, un horizonte de fábula cómo yo veía desde mi
ventana en mi nueva casa en la Florida. Porque en esa época lo real había
quedado atrás en Lima y lo que tenía frente a mi parecía sacado de un cuento. Lo
real eran los amigos artistas, los amigos poetas, las obras de teatro los fines
de semana y la familia querida. Actualmente me siento afortunada de haber
encontrado una réplica de esa realidad en el lugar donde vivo. Sin embargo, para
mi Lima siempre será la realidad añorada y donde quiera que vaya la llevaré
conmigo. Hace poco vi a Lima en el Vedado de la Habana, en el barrio de
Providencia en Santiago y hasta en un barrio en Barcelona. Donde quiera que vaya llevaré a Lima en el corazón porque me
hace sentir menos invisible y más cercana a la gente que quiero y extraño.
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