Museo Louvre


El Louvre, una visita redentora

Puede uno encontrar la redención en el museo de arte más visitado del mundo? Esa fue la oportunidad que tuve cuando visité el Louvre en Paris. Durante algún tiempo me acompañó en las clases de historia del arte un anhelo que se convirtió en obsesión: la de cruzar la pirámide de cristal del museo Louvre y presenciar en vivo las obras maestras de la pintura clásica. Mi alma de artista vivió empañada por este deseo. Era casi como tener un amor prohibido de esos que nos llenan de paradojas y remordimientos. Intenté varias veces compensar esta necesidad, visitando otros museos como el Metropolitano y El Moderno en Nueva York, La galería nacional en Washington DC o el Moderno en San Francisco. Y cuando descubrí la colección de arte clásico en el Ringling de Sarasota Florida con los Rubens gigantes y los Archimboldos remedados, cruce la Florida manejando de este a oeste para imaginar que estaba cerca de algo parecido al Louvre.

Cargué también este estigma en las infinitas horas de vuelo a Paris. No iba a ser fácil llegar al Louvre. En ese vuelo, tuve el infortunio de experimentar los malestares de la enfermedad del movimiento. Ahí en la cabina del avión, sufrí de nauseas y mareos y en mi delirio tuve una conversación con Dios. Me sentí morir y me arrepentí de mis faltas (o de casi todas) y de mi obsesión absurda de visitar el Louvre. Reblandecida por el malestar, prometí abandonar los extremos encomendándome a la moderación y sensatez. Para mi alivio, después de algunas horas de vuelo y un par de pastillas de coramina me sentí mejor.

Sin embargo mi virtuosismo duro poco. El Louvre era ese objeto del deseo inalcanzable e imperfecto que un Psicoanalista como el francés Jacques Lacan hubiera definido de esta manera: El deseo no es una función biológica. No está coordinado a un objeto natural. El objeto es fantasmico. Por eso, el deseo es extravagante. Inasequible a quien quiere dominarlo. Nos hace jugadas. Además, si no es reconocido fabrica síntomas.

En que momento desembocaron mis fantasmas y deseos en un objeto como el museo Louvre? Fueron los síntomas en el vuelo a Paris relacionados con esta expectativa?

Llámese rito clandestino o fetichismo, en la antesala de visitar el Louvre me preparé como para asistir a una boda. Maquillaje cargado, faja entalladora, tacones en la cartera (solo para la foto porque fue imposible dar mas de dos pasos sobre el empedrado). Mi madre me acompañaba. Frente a la pirámide de cristal tomamos las fotos correspondientes y ella con su actitud objetiva y mas experimentada en viajes me dijo mientras me cambiaba los tacones por las botas: “Voy haciendo la cola.”

Busque a mi madre después de perderla de vista y encontré una cola infinita y multilingüe la cual revisé hasta el final sin suerte. Repetí la misma búsqueda varias veces hasta que me di cuenta que ella había encontrado la manera mas rápida de entrar (había una segunda cola mucho mas corta para los que llevaban pases de museo).

Como buena empleada de gobierno hice la cola mas larga y después de un par de horas crucé la pirámide de cristal reuniéndome con mi madre que esperaba en la boletería. Después del reencuentro emotivo, nos dirigimos hacia la entrada más concurrida donde convergen la mayoría de los tours a Paris.  Ahí donde no existen ni siquiera los guardias de seguridad porque serian arrastrados por esta procesión de gente que tiene como objetivo descubrir si esa mujer que pinto Leonardo da Vinci efectivamente sigue con la mirada al observarla.

Pero antes de llegar a la galería donde se encontraba la Gioconda, pude ver obras tan importantes y fascinantes aunque difíciles de admirar ante el flujo abrumador de gente. Obras como La Virgen de las Rocas de Leonardo Da Vinci o la alegoría de San Juan el Bautista fueron algunas de las obras que llenaban mi deseo de absorber la pintura clásica en vivo. Sin embargo a medida que avanzaba a otras galerías y encontraba decenas de obras importantes descubrí mis limitaciones para admirar tal belleza. Encontrar obras como El juramento de los Horacios y La coronación de Napoleón  de Jacques Louis David fue abrumador y hermoso a la vez. La monumentalidad y las obras de formato grande me quitaron ese deseo absurdo de asimilar la belleza de un lugar como el Louvre. La belleza del Louvre es indomable, difícil de asimilar e intransigente. Es imposible decir conocer el Louvre en un día. El Louvre es el imán de Paris, el punto donde convergen todos los que como yo soñaron con atravesar esa pirámide de cristal.



                                                               

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