Texto escrito por Oscar Tramontana para la presentación de 'Pasaje de Regreso'
Muy buenas noches a todos, mi nombre es Oscar Tramontana y hoy tendré el gusto de hablarles un poco sobre lo que ha significado para mí la lectura de ‘Pasaje de Regreso’, la maravillosa novela que marca el debut literario de mi gran amiga, la artista peruana Rossana Montoya.
Primero quiero contarles que descubrí este libro por casualidad, hace un par de años quizá, cuando Pasaje de Regreso estaba en una de sus etapas más incipientes. En aquellos días Rossana había empezado a publicar algunos fragmentos en su cuenta de Facebook, y aunque esa red social se caracteriza principalmente por mostrar fotos y videos, debo confesar que a mí me gusta porque me permite ver, o espiar, lo que todos mis contactos se animan a escribir. Tratándose de una buena amiga, a quien conozco por lo menos hace veinte años, no pude evitar la tentación de leer las notas de Rossana, y recuerdo claramente que me parecieron tan buenas que las imprimí para leerlas con la mayor comodidad posible, es decir, de noche, recostado en un diván, con una suave luz que iluminaba los manuscritos de Rossana en medio de la penumbra, y con una buena copa de vino en la mano.
Aquella primera lectura fue una completa revelación. Yo conocía desde mucho tiempo atrás la exquisita sensibilidad de Rossana y el talento con el que ella era capaz de llevar al lienzo sus obsesiones, sus impresiones sobre el arte, sus sueños, sus recuerdos y hasta las situaciones de la vida cotidiana, pero sabía también que Rossana es y ha sido una pintora abstracta, y que sus cuadros siempre tenían la capacidad de provocarme cataclismos de ternura, vértigos de admiración y también, inquietantes reacciones que oscilaban entre la fascinación y el espanto. Su pintura siempre ha sido fuerte y visceral, descarnada y absolutamente humana, original y femenina. Pero ante sus relatos me tope con un universo por completo diferente, descubrí un orden y una coherencia que no había visto antes en sus cuadros abstractos, y rápidamente me deje seducir por su capacidad narrativa, por la gracia con que contaba sus historias, y por el atractivo innegable de sus personajes y por la admirable calidad de sus prosa. No quiero que me malentiendan, hablo de la admirable calidad de la prosa de Rossana con pleno conocimiento del tema, ya que yo mismo practico el arte de escribir ficciones y he pasado buena parte de mi vida leyendo, consumiendo y prácticamente devorando libros, novelas, cuentos, y manuscritos tan poco leídos ahora como Ulises de James Joyce, el Quijote de Cervantes o las Mil y Una Noches. Sin llegar al extremo de ser un crítico literario o un profesor de literatura, creo haber leído y escrito lo suficiente como para ser capaz de reconocer una obra literaria de calidad, y recuerdo con lucidez la poderosa impresión de orgullo que sentí al comprobar que mi amiga Rossana estaba escribiendo tan bien, lo cual le hice saber con algunos tímidos comentarios.
Ahora, luego de haber leído ‘Pasaje de Regreso’ tres veces, quisiera comentarles por que este libro me parece tan logrado y tan importante. En primer lugar, esta novela peruana es una de las pocas que aborda frontalmente y con éxito el tema del exilio y la emigración. Todos sabemos que en décadas anteriores el Perú paso por momentos extremadamente difíciles, y que esto provocó que muchos de nuestros seres queridos abandonaran el país en busca de horizontes más promisorios, al punto que prácticamente ya no existen familias peruanas que puedan decir que todos sus miembros siguen radicados en el país. Tal es el caso de Elvira, la protagonista de ‘Pasaje de regreso’, quien vuelve al Perú luego de veinte años de ausencia para recuperar los recuerdos de su vida pasada, aprovechando una impostergable visita al dentista. Desde ese punto de vista, esta novela tiene un público potencial enorme, ya que encarna toda la gama de sentimientos que todos los peruanos que tuvieron que marcharse han acumulado durante sus años de exilio. El tema es delicado y se ha convertido en un tópico literario cuya antigüedad puede rastrearse hace 2800 años, con la Odisea de Homero. Rossana asume este tópico literario (que también es una experiencia vital), con talento, gracia y valentía, y nos muestra en su ‘Pasaje de Regreso’ toda la increíble variedad de sensaciones que una persona que regresa a su país de origen puede experimentar: la nostalgia, la extrañeza, la desconfianza, el asalto continuo de los recuerdos, la sorpresa ante los cambios que el paso del tiempo inflige a las ciudades, las calles y hasta a las casas y las personas. Todo ello esta fielmente retratado en ‘Pasaje de Regreso’, con suma elocuencia, con un estilo deslumbrante, con la precisión de un piloto de caza y con el pulso firme de un neurocirujano al manipular un escalpelo existencial.
Rossana Montoya, además es una de las mejoras pintoras peruanas de mi generación, y su capacidad de observación puede sentirse y disfrutarse a los largo de ésta su primera novela. Me refiero a la prodigiosa seguridad con la que ha logrado trazar, delinear y darle vida a todos sus personajes, como la entrañable Elvira, con quien recorremos Lima y Miraflores durante cinco días, o el simpático Hippie del Pasaje Tello, la oronda y empeñosa Domitila, el alquimista ‘Subte’ que mezcla el cuba libre con aguarrás en la Escuela de Arte, o la figura inolvidable del maestro Winternitz y la entusiasta Susy Gutiérrez, cuyo emperifollado amor al arte más de un lector reconocerá a una de las súper estrellas del vedetismo nacional.
Pintora de personajes, la escritora Rossana Montoya también se presenta como una excelente pintora de ámbitos urbanos y gracias a su prodigiosa capacidad de descripción, el lector de ‘Pasaje de regreso’ recuperará la impresión de una Lima que ya no existe, de un Miraflores que sólo habita en el recuerdo. El Pasaje Tello es el epicentro de la emociones de su protagonista, Elvira, y la descripción de este emblemático reducto miraflorino es tan fidedigna que uno siente la tentación de tomar el libro y leerlo por las calles. En ese sentido, ‘Pasaje de Regreso’ se presenta como una de esas raras novelas que le provocan a uno de visitar los lugares donde ésta está ambientada, como me ocurrió a mí en mi segunda lectura, que realice a pie entre las calles de Miraflores. La memoria topográfica de Rossana Montoya se proyecta como un poderoso faro que ilumina los lugares y los recuerdos de Elvira, y lo más importante de todo, es que en su peregrinar, nosotros empezamos a sentirnos cada vez más cercanos a ella, a Elvira y su alter ego, Rossana Montoya, o viceversa.
También existe en ‘Pasaje de regreso’ una estructura narrativa impecable, que me hace pensar en los cimientos sobre los cuales se erige una casa. La novela está dividida en diez capítulos y cada uno de ellos contiene dos partes claramente distinguibles: en la primera parte de cada capítulo, el lector asiste a las labores cotidianas y casi anodinas de Elvira recién llegada a Lima (buscando hospedaje, visitando a una tía, yendo al dentista, cambiando dólares, etc.) y en la segunda parte, las compuertas de la fantasía saltan hechas pedazos para que brote el alud de recuerdos que la protagonista guarda en su interior. Del mismo modo en que agradecemos la salida del sol luego de haber pasado una noche a la intemperie, el lector experimenta una suerte de gozo anticipado cuando siente que se acerca a estos estallido de la memoria de Elvira, quien viste a los personajes y a los episodios de su infancia, adolescencia y juventud con humor, ternura, sabiduría, bondad, y en suma, todos los matices de esa sensibilidad exquisita que sólo posee nuestra querida Rossana.
Muchos de los aquí presentes se reconocerán en las páginas de esta novela como personajes de la misma, o como posibles fuentes de inspiración para la creación de los personajes que habitan este ‘Pasaje de regreso’. Otros, sentirán la extraña alegría de transitar por lugares muy queridos cuya fisonomía ha sido alterada para siempre, como me ocurre a mí cada vez que leo el capitulo ambientado en el No-Helden, el único templo punk que ha existido en el Perú. Rossana me ha regalado la deliciosa sensación de haber visitado el No-Helden una vez mas, y ello ya basta para que yo le esté eternamente agradecido. Rossana, además, le ha regalado a la literatura peruana una de sus mejores novelas, la mejor que yo haya leído este año, y creo que esto basta y sobra para que nos dejemos llevar por ella, para que abordemos este ‘Pasaje de regreso’ que ella tan amablemente nos ha confeccionado a la medida de nuestros deseos, y para que todos nosotros se los agradezcamos con un fuerte y merecido aplauso.
Muchas gracias, Rossana querida.
Oscar Tramontana Figallo
Barranco, 24 de noviembre 2011
Primero quiero contarles que descubrí este libro por casualidad, hace un par de años quizá, cuando Pasaje de Regreso estaba en una de sus etapas más incipientes. En aquellos días Rossana había empezado a publicar algunos fragmentos en su cuenta de Facebook, y aunque esa red social se caracteriza principalmente por mostrar fotos y videos, debo confesar que a mí me gusta porque me permite ver, o espiar, lo que todos mis contactos se animan a escribir. Tratándose de una buena amiga, a quien conozco por lo menos hace veinte años, no pude evitar la tentación de leer las notas de Rossana, y recuerdo claramente que me parecieron tan buenas que las imprimí para leerlas con la mayor comodidad posible, es decir, de noche, recostado en un diván, con una suave luz que iluminaba los manuscritos de Rossana en medio de la penumbra, y con una buena copa de vino en la mano.
Aquella primera lectura fue una completa revelación. Yo conocía desde mucho tiempo atrás la exquisita sensibilidad de Rossana y el talento con el que ella era capaz de llevar al lienzo sus obsesiones, sus impresiones sobre el arte, sus sueños, sus recuerdos y hasta las situaciones de la vida cotidiana, pero sabía también que Rossana es y ha sido una pintora abstracta, y que sus cuadros siempre tenían la capacidad de provocarme cataclismos de ternura, vértigos de admiración y también, inquietantes reacciones que oscilaban entre la fascinación y el espanto. Su pintura siempre ha sido fuerte y visceral, descarnada y absolutamente humana, original y femenina. Pero ante sus relatos me tope con un universo por completo diferente, descubrí un orden y una coherencia que no había visto antes en sus cuadros abstractos, y rápidamente me deje seducir por su capacidad narrativa, por la gracia con que contaba sus historias, y por el atractivo innegable de sus personajes y por la admirable calidad de sus prosa. No quiero que me malentiendan, hablo de la admirable calidad de la prosa de Rossana con pleno conocimiento del tema, ya que yo mismo practico el arte de escribir ficciones y he pasado buena parte de mi vida leyendo, consumiendo y prácticamente devorando libros, novelas, cuentos, y manuscritos tan poco leídos ahora como Ulises de James Joyce, el Quijote de Cervantes o las Mil y Una Noches. Sin llegar al extremo de ser un crítico literario o un profesor de literatura, creo haber leído y escrito lo suficiente como para ser capaz de reconocer una obra literaria de calidad, y recuerdo con lucidez la poderosa impresión de orgullo que sentí al comprobar que mi amiga Rossana estaba escribiendo tan bien, lo cual le hice saber con algunos tímidos comentarios.
Ahora, luego de haber leído ‘Pasaje de Regreso’ tres veces, quisiera comentarles por que este libro me parece tan logrado y tan importante. En primer lugar, esta novela peruana es una de las pocas que aborda frontalmente y con éxito el tema del exilio y la emigración. Todos sabemos que en décadas anteriores el Perú paso por momentos extremadamente difíciles, y que esto provocó que muchos de nuestros seres queridos abandonaran el país en busca de horizontes más promisorios, al punto que prácticamente ya no existen familias peruanas que puedan decir que todos sus miembros siguen radicados en el país. Tal es el caso de Elvira, la protagonista de ‘Pasaje de regreso’, quien vuelve al Perú luego de veinte años de ausencia para recuperar los recuerdos de su vida pasada, aprovechando una impostergable visita al dentista. Desde ese punto de vista, esta novela tiene un público potencial enorme, ya que encarna toda la gama de sentimientos que todos los peruanos que tuvieron que marcharse han acumulado durante sus años de exilio. El tema es delicado y se ha convertido en un tópico literario cuya antigüedad puede rastrearse hace 2800 años, con la Odisea de Homero. Rossana asume este tópico literario (que también es una experiencia vital), con talento, gracia y valentía, y nos muestra en su ‘Pasaje de Regreso’ toda la increíble variedad de sensaciones que una persona que regresa a su país de origen puede experimentar: la nostalgia, la extrañeza, la desconfianza, el asalto continuo de los recuerdos, la sorpresa ante los cambios que el paso del tiempo inflige a las ciudades, las calles y hasta a las casas y las personas. Todo ello esta fielmente retratado en ‘Pasaje de Regreso’, con suma elocuencia, con un estilo deslumbrante, con la precisión de un piloto de caza y con el pulso firme de un neurocirujano al manipular un escalpelo existencial.
Rossana Montoya, además es una de las mejoras pintoras peruanas de mi generación, y su capacidad de observación puede sentirse y disfrutarse a los largo de ésta su primera novela. Me refiero a la prodigiosa seguridad con la que ha logrado trazar, delinear y darle vida a todos sus personajes, como la entrañable Elvira, con quien recorremos Lima y Miraflores durante cinco días, o el simpático Hippie del Pasaje Tello, la oronda y empeñosa Domitila, el alquimista ‘Subte’ que mezcla el cuba libre con aguarrás en la Escuela de Arte, o la figura inolvidable del maestro Winternitz y la entusiasta Susy Gutiérrez, cuyo emperifollado amor al arte más de un lector reconocerá a una de las súper estrellas del vedetismo nacional.
Pintora de personajes, la escritora Rossana Montoya también se presenta como una excelente pintora de ámbitos urbanos y gracias a su prodigiosa capacidad de descripción, el lector de ‘Pasaje de regreso’ recuperará la impresión de una Lima que ya no existe, de un Miraflores que sólo habita en el recuerdo. El Pasaje Tello es el epicentro de la emociones de su protagonista, Elvira, y la descripción de este emblemático reducto miraflorino es tan fidedigna que uno siente la tentación de tomar el libro y leerlo por las calles. En ese sentido, ‘Pasaje de Regreso’ se presenta como una de esas raras novelas que le provocan a uno de visitar los lugares donde ésta está ambientada, como me ocurrió a mí en mi segunda lectura, que realice a pie entre las calles de Miraflores. La memoria topográfica de Rossana Montoya se proyecta como un poderoso faro que ilumina los lugares y los recuerdos de Elvira, y lo más importante de todo, es que en su peregrinar, nosotros empezamos a sentirnos cada vez más cercanos a ella, a Elvira y su alter ego, Rossana Montoya, o viceversa.
También existe en ‘Pasaje de regreso’ una estructura narrativa impecable, que me hace pensar en los cimientos sobre los cuales se erige una casa. La novela está dividida en diez capítulos y cada uno de ellos contiene dos partes claramente distinguibles: en la primera parte de cada capítulo, el lector asiste a las labores cotidianas y casi anodinas de Elvira recién llegada a Lima (buscando hospedaje, visitando a una tía, yendo al dentista, cambiando dólares, etc.) y en la segunda parte, las compuertas de la fantasía saltan hechas pedazos para que brote el alud de recuerdos que la protagonista guarda en su interior. Del mismo modo en que agradecemos la salida del sol luego de haber pasado una noche a la intemperie, el lector experimenta una suerte de gozo anticipado cuando siente que se acerca a estos estallido de la memoria de Elvira, quien viste a los personajes y a los episodios de su infancia, adolescencia y juventud con humor, ternura, sabiduría, bondad, y en suma, todos los matices de esa sensibilidad exquisita que sólo posee nuestra querida Rossana.
Muchos de los aquí presentes se reconocerán en las páginas de esta novela como personajes de la misma, o como posibles fuentes de inspiración para la creación de los personajes que habitan este ‘Pasaje de regreso’. Otros, sentirán la extraña alegría de transitar por lugares muy queridos cuya fisonomía ha sido alterada para siempre, como me ocurre a mí cada vez que leo el capitulo ambientado en el No-Helden, el único templo punk que ha existido en el Perú. Rossana me ha regalado la deliciosa sensación de haber visitado el No-Helden una vez mas, y ello ya basta para que yo le esté eternamente agradecido. Rossana, además, le ha regalado a la literatura peruana una de sus mejores novelas, la mejor que yo haya leído este año, y creo que esto basta y sobra para que nos dejemos llevar por ella, para que abordemos este ‘Pasaje de regreso’ que ella tan amablemente nos ha confeccionado a la medida de nuestros deseos, y para que todos nosotros se los agradezcamos con un fuerte y merecido aplauso.
Muchas gracias, Rossana querida.
Oscar Tramontana Figallo
Barranco, 24 de noviembre 2011
Comentarios
Publicar un comentario